Capítulo 9 - Un uke activo.
Cuando la luz de la ventana consiguió hacer que volviera de mi mundo de sueños, no quise abrir los ojos, así que me quedé remugando para mis adentros. Tarde quizá cinco minutos en darme cuenta de que mis manos no estaban atadas ni sobre mi cabeza. Volví a tardar otros cinco minutos en darme cuenta de que abrazaba algo y otros cinco más en recordar lo que había pasado la noche anterior. Abrí los ojos lentamente, esperando ver lo que había entre mis brazos, esperando a ese rubio estúpido durmiendo tranquilamente a mi lado. No sabía si estar molesto, asqueado, satisfecho o como cojones estar, pero la verdad es que me sentía terriblemente apático ante esa situación. Quizá era que aun tenía sueño y quería volverme a dormir.
Un momento. Un momento, por favor. Si no estaba atado… quería decir que alguien nos había visto, ¿no?
Empecé a sentir cierto pánico y tragué saliva. Empecé a temerme lo peor porque en aquella maldita mafia todo parecía un plató de salsa rosa, donde todos se enteraban de todo. Bastaba con recordar que todo el mundo sabía que era un homófobo y, ahora, si todo el mundo averiguaba que el muy estúpido del rubio que seguía durmiendo a mi lado había hecho lo que había hecho, todo iba a ser un caos.
Me reincorporé para sentarme en la cama, tocándome la cara con la mano para estirarla y espabilarme un poco. Bostecé mirando hacia la ventana y escuché un leve murmullo que hizo que mirara a un lado para ver ese rubio fruncir levemente el ceño mientras intentaba esconder su cara en la almohada, pero antes de eso, abrió levemente los ojos.
Lo único que podía pensar era: «Vale. Me he follado a un tío. No pasa nada» mientras lo miraba despertarse. Lo mejor era pensar que la cosa había pasado y ya está, no podía negar lo evidente, así que simplemente tenía que dejarlo pasar. No tenía ganas de comerme la cabeza por una noche.
El rubio estúpido se reincorporó mientras se tocaba la cabeza y se peinaba ese pelo rubio que ahora estaba suelto. Se tocó la mandíbula con los dedos y acomodó, para mi sorpresa, la cabeza sobre mi hombro aun somnoliento. Yo me mantuve sin hacer nada, sin apartarme ni decir nada, simplemente asimilando aquella mañana con una aparente tranquilidad porque algo me decía que, cuando estuviera más despierto, iba a cagarme en mí y en todo lo que me rodeaba.
Las manos del rubio se arrastraron con cierta pesadez por la manta que nos tapaba hasta la mano que apoyaba sobre mi rodilla flexionada, rozando mi muñeca con la yema de sus dedos fríos. Observé su mano con atención.
– ¿Te has soltado…? – inquirió con una voz algo ronca.
Y no sé porque, noté que todavía andaba medio dormido ante esas reacciones tan pasivas.
– Alguien lo ha hecho… – me limité a responder.
Entonces, alzó levemente su cabeza sin dejar de apoyarla en mi hombro y yo la giré hacia él para mirarle. Su respiración acariciaba suavemente mi mentón y sus ojos azules brillaban de una forma que me resultó algo atrayente, al igual que sus labios levemente entreabiertos se me hacían realmente apetecibles. Mantuvimos nuestras miradas fijas en los ojos del otro durante un mero instante, lo suficiente para darnos cuenta – o, al menos yo – de que no dejábamos de pensar en estupideces. Ambos miramos hacia otro lado con total frialdad. Nuestra relación se había vuelto algo extraña.
No tardó mucho en levantarse de la cama para marcharse de la habitación y yo me limité a seguirlo con la mirada mientras se dirigía a la puerta. Cuando tocó el pomo con los dedos, me miró unos segundos y pensé que iba a decir algo pero se mantuvo callado. Solo me dedicó sus ojos azules, sin palabras, sin gestos, solo una mirada antes de salir de la habitación.
Mierda. En mi mente solo tenía la palabra mierda y más mierda. Me toqué el pecho con la mano notándolo palpitar demasiado rápido. Notando que me dejaba en evidencia. Notando que había algo en él que… ¡Mierda! Ni siquiera sabía que decirle, ni siquiera se me ocurría una estupidez para fastidiarlo. Cualquier cosa que hiciera que frunciera el ceño y yo me sintiera satisfecho por molestarlo. No. Nada. No había nada. En mi mente no se formaba nada porque no quería molestarlo. «¿No quería molestarlo?» repetí para mis adentros. Y golpeé la pared con el puño sin dejar de andar, irritado. ¿Qué coño me estaba pasando? ¿Por qué me había limitado a actuar tan pasivamente? ¿Y él? ¿Por qué no había dicho nada al respecto? ¿Por qué no me había maldecido o pegado por lo que le había hecho? ¿Por qué únicamente se había quedado ahí, sin hacer nada, totalmente apático? ¿Es que no había sentido nada? ¿Ni siquiera rabia? ¿O asco? Cualquier cosa me valía. Cualquier cosa me valía para saber si él había sentido una jodida mierda sobre lo que había pasado. Pero únicamente se había mantenido frio y distante. Demasiado frio y distante.
Apreté los dientes sin saber a dónde ir. No tenía ganas de nada. No tenía ganas de nadie. O quizá lo que quería era sacarlo todo. Decir lo que había hecho. Decir que había follado con el novato y, así, molestarlo, enrabiarlo… Suspiré al notar que esa idea me resultaba patética. La idea de joderlo me resultaba asquerosa, vomitiva. ¿Qué coño me estaba pasando?
Y encontré la solución. La encontré andando por delante de mis narices. Quizá era la peor solución que existía pero era la única que me resultaba factible en ese momento. Tenía ganas de soltarlo todo, ganas de decir lo que había hecho para saber si el peso se me iba de encima. Quizá incluso me dijera que podía hacer. Sin embargo, esa solución me resultaba realmente asquerosa.
– Yuka – murmuré apenas audible.
Pero ella siempre conseguía oírme aunque estuviéramos a cuatrocientos kilómetros y yo apenas emitiera un susurro. Su cuerpo se dio media vuelta con una ligereza que me resultó sobrehumana, quizá porque me notaba terriblemente cansado todavía, y sus cejas se alzaron con asombro al verme. Dijo algo que no escuché pero tampoco me importó. Me limité a acercarme a ella al ver que detenía su paseo para esperarme. Cuando llegué a ella me di cuenta de algo:
– Joder… sí que eres bajita ¿no?
Ella frunció el ceño.
– ¿Me llamas sólo para decirme esa gilipollez?
Escondí una sonrisa. Quizá era que el haber estado con el novato, el cual era un poco más alto que yo, me había alterado un poco…
– ¿Puedes hablar?
Sus ojos se abrieron todavía más y sus labios se curvaron formando una sonrisita traviesa.
– ¿Quieres hablar? – contrarrestó mi pregunta con la suya.
Fruncí el ceño mirándola.
– ¿Tienes ganas de tocarme la moral?
– “La moral…” – murmuró todavía sorprendida – Has dicho “la moral” ¿Estás bien?
Se me estaban empezando a ir las ganas de hablar con ella. Quizá lo mejor era dejarlo estar.
– Venga, ahora en serio – dijo tomándome, al fin, en serio – ¿qué ha pasado para que quieras hablar conmigo? Tiene que haber sido algo muy gordo.
– Bastante, sí…
– ¿Vamos a algún otro lado?
Asentí y me dirigí a su habitación sólo porque estaba más cerca que la mía.
Su habitación era para dos personas, como todas las demás, pero la cama de matrimonio que había en el centro dejaba bien claro que su acompañante no era precisamente un mero amigo. En la pared se veían miles de dibujos, dibujos de su novio. De su novio que, en ese momento, se encontraba en un trabajo que vete a saber cuando volvía.
Yuka entró detrás de mí y cerró la puerta.
– Ponte cómodo.
Me senté en la cama y ella fue a abrir las persianas para que entrara un poco sol en la habitación.
– Es algo que no puedes contar a nadie.
Sopló algo ofendida.
– ¿Y desde cuando voy contando tus problemas?
Ciertamente, nunca había hablado de mis cosas con nadie o, al menos, yo no me había enterado. Pocas veces había hablado con ella sobre mis problemas, pero a veces no podía evitar sentir la necesidad de contárselo a alguien y la única que se me ocurría era ella. Quizá porque era la que mejor me conocía de todo Kureiso, o porque simplemente siempre acababa notando que me pasaba algo y me preguntaba. El caso es que, cuando tenía ganas de hablar, simplemente recurría a ella.
Abrí mi boca para decir algo pero no encontré las palabras para explicarlo y me quedé callado, como un idiota. Ella me miró.
– ¿Es muy grave? – murmuró al ver que no me explicaba.
– No – murmuré –. No lo sé. No sé si es grave o si me estoy preocupando demasiado.
– Ryo preocupado… – musitó mientras se acercaba a mí y se sentaba en la silla del escritorio – Entonces sí es grave.
La miré.
– ¿Tú crees?
– Pocas veces te preocupas.
Suspiré con profundidad y cerré los ojos mirando al suelo.
– Ayer hice algo que te va a gustar.
Sí, porque ella, Yuka, amaba cualquier cosa homosexual.
– ¿A mí?
– Sí.
Y entonces, creo, que cayó en la cuenta. Porque sus ojos se agrandaron en exceso y su boca sonrió de una manera realmente estúpida.
– No me jodas que…
Miré a un lado.
– ¡No! – exclamó.
Y yo suspiré notándome algo tenso. Yuka soltó un par de carcajadas y noté como la muy idiota se emocionaba.
– Que fuerte… – susurró.
– Bueno sí, muy fuerte, muy guay y lo que quieras.
– ¿Y dónde está el problema?
– ¿Cómo que donde está el problema? – repetí.
– Bueno… algo me dice que fue culpa tuya – se cruzó de piernas acomodándose en la silla – ¿Lo has violado?
Noté como mis mejillas aumentaban de temperatura. Mierda… ¿me estaba sonrojando? ¡Sonrojando!
– ¡Te has puesto rojo! – exclamó.
– Mierda, cállate ¿vale?
Se levantó de la silla para sentarse a mi lado y yo no aparté mi mirada del suelo, notando el pecho otra vez acelerado.
– ¿Qué pasa? ¿Sorprendido al sentirte nervioso al recordarlo?
Suspiré notando que había dado en el clavo.
– ¿Qué pasó?
La miré para ver ese brillo en sus ojos que delataba su emoción. Enarqué una ceja.
– ¿Lo quieres saber porque estás preocupada o porque sientes curiosidad?
– Por lo segundo – sonrió ampliamente –, pero bueno, así me dices si te gusta o no.
– Puedo decírtelo directamente sin necesidad de contarte como fue.
– Tu forma de contarlo me lo dirá más claramente y con más sinceridad. Además, el que te niegues a hacerlo significa que sí te ha gustado.
Arrugué los labios al apretarlos y miré de nuevo al frente.
– Bueno solo dime una cosa… – murmuró y me miró con curiosidad – ¿repetirías?
Y ante esa pregunta no pude evitar recordar toda aquella noche. Como había disfrutado de jugar con él. Como me había gustado su boca. Como me había vuelto loco notar su polla dentro de mí. Como lo había deseado. Me mordí el labio, me estaba excitando solo de recordarlo.
– Supongo que sí… – fui sincero.
Yuka sonrió.
– Eh… – me tiró de la manga y yo la miré – ¿Quién…?
Me sonrojé levemente y miré a un lado.
– No te importa.
– Eso es que tú…
No respondí.
– ¡Eres un uke!
– ¿Un qué?
– ¡Un uke!
– ¿Qué coño es un “uke”?
– ¡El que recibe!
Me sonrojé un poco más y le aplasté la mano contra la cara al verla tan entusiasmada.
– Mierda, cállate. No soy un uke o la mierda que sea.
– Sí lo eres – sonrió mientras apartaba mi mano de su cara – Nunca lo hubiera dicho… que te iba el que te dieran…
Me levanté de la cama para irme de ahí. No había pensado que Yuka se reiría de mí al haber sido yo el pasivo. ¿Y qué si prefería que me dieran a dar yo? ¿Había algún problema con eso?
– No te enfades Ryo – rió siguiéndome –. Es broma. Es que no me lo esperaba.
– Bueno pues sí, soy el uke, muerde almohadas o como coño quieras llamarlo.
Rió de nuevo.
– Pero el que se movió fui yo – dejé bien claro.
– ¡Un uke activo!
– Arg…
Abrí la puerta para salir de su cuarto. No me sentía mejor, aunque bueno, había pasado de un estado de confusión a un estado de irritación y vergüenza extraña que me sacaba de quicio.
– Venga, que eso está muy bien. Es raro un uke activo.
– Déjate de ukes y mierdas – empezaba a entrarme curiosidad por como se le llamaba al activo con la tontería.
– Eh, los ukes activos son mis preferidos.
La miré.
– ¿Qué?
– En las relaciones gays – sonrío – son interesantes. Espero que Seiji sea un seme rudo.
Formó puños con sus manos para menearlos con energía mientras fruncía el ceño. Dios, es que era un personaje de anime o como mierda se llamaran esas cosas que tanto le gustaban pero en la vida real.
– ¿Semen?
– Seme – me corrigió –. Es el que da.
– El sopla nucas… – murmuré yo en mi idioma.
– Sí, eso.
Comenzamos a andar por el pasillo sin ningún rumbo fijo.
– ¿Y por qué coño quieres que sea rudo?
Sonrió de una forma realmente picara que me sorprendió en ella.
ertido y morboso.
No pude evitar imaginarme dominado por el – Porque un uke activo dominado es más divnovato y la idea… Me mordí la lengua para mis adentros notando que el pantalón me resultaba repentinamente estrecho. «Mierda»
– No me dejaré dominar – murmuré a pesar de mi obvia excitación al imaginarme lo contrario.
Por suerte, ella no pareció darse cuenta.
– Ya lo veré.
Fruncí levemente el ceño mirándola.
– Ya lo verás.
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